domingo, 12 de abril de 2009

Palabras.-

Escribir. Escribir para nadie. Escribir para mí. ¿A quién se dirigen todas estas palabras entrelazadas? ¿Qué ojos las consumen y, sin embargo, no les hacen el amor como lo hago yo?
¿Tú las estás leyendo en este momento? Entonces se dirigen a ti. Si quieres como dagas, si quieres como un beso.
Surgen sin más. Brotan de las teclas; aparecen tatuadas en la pantalla. No me piden permiso, insolentes, para desnudarme ante la idea sedienta que transita por mis yemas. Tan sólo nacen. Duelen como el parto de una expresión rotunda y, aún así, nunca llegan a ser lo que soñé mientras las engendraba.
¿Y ahora qué? ¿Se apagó la ráfaga arrasadora de toda razón? No, aún hay más. Aún hay mucho que decir; lo que falta son las formas. Porque a veces por mucho que lo intentemos, ante la mayor de las intenciones, nunca mostramos lo que realmente queremos mostrar. La sangre hierve ante esa impotencia indeleble de nuestra mirada, quien observa el hijo bastardo que no es lo
que quisimos que fuese.
¡Aúllen! ¡Aúllen lo que yo no soy capaz! Últimamente nunca puedo. Paralizada. Temor imperante se erige ante mi extrema pequeñez. No llego a ser nada. No llego a ser mi fin.
Palabras de bolsillo, os guardo en el fondo de un agujero arenoso, en un pantalón desgastado, tal vez. Os guardo donde os podáis perder, y así, cuando os encuentre, será como la primera vez.

1 comentario:

  1. Si se dirigen a mi, tiene que ser como besos. Tus palabras nunca van a ser dagas.

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