sábado, 11 de junio de 2011

De tan lejos te siento pequeña.
De tan quieta añoro saborearte.
Tan astuta como los pájaros y volar,
hasta allí, princesa, volar…

Miel dulce entre mis dedos
recuerda hace siglos
tantos cuentos…
Quieto, tiempo,
que no la veo
puede que me sienta sola
sin las mejillas de mi princesa.

Si tocan a tus sueños
los monstruos de la almohada
de mi parte les dices que ya llego
a ahuyentarlos lejos de tus verdes consonantes.
Llego para ahogarme
en tus pupilas azabache.
Como fuego apagado,
carbón amargo de pena y distancia.

Espuma etérea
¡te escurrís en mi entrecejo!
Espuma dulce de los postres
rasga hoy mi adentro.
Rasga el cuándo,
rasgando el beso.


sábado, 30 de abril de 2011

06-08-2010 // 17:43 p.m. // Estepona

"El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror."

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Miedo.
Miedo de quererlo todo.
Miedo de no querer nada.
Miedo de querer demasiado.
O demasiado poco.
Porque demasiado es mucho para alguien como yo.

Miedo de pasar de tanto, a escasear.
Miedo de querer dos.
De no querer ninguno.
Miedo de olvidar mientras me recuerden.
Miedo de rememorar lo que otros arrinconan.
Miedo de un despiste en mi memoria.

Y luego sola.
Y luego atrás.
Y luego ya no.

Miedo de escupir.
Miedo al desahogo de nuestras entrañas.
Al de las mías.

Miedo al abrazo de una almohada.
Miedo de tu pelo con trenzas.
Del blues que un día fue.
Miedo de mis pasos.

Y luego me escondo,
y luego kilómetros,
y luego no estoy.

Miedo de que la tinta no se vuelque.
Miedo de que tus dedos mientan.
De que luego no seas.
De que haya ceros y escudos.

Miedo del tiempo.
De su zarpa y empuje y distancia.
Miedo de sumergirme en la marea.
Negra. Espesa. Hueca.
De no poder salir.

Miedo de unos pocos días.
Miedo del mes y del y medio.
Miedo de esconderme y no encontrarme.
Miedo de que una apariencia sea tímidamente gigante.
De tu recelo permanente.
O de que la inquietud sea sólo mía.

Y luego qué.
Y después nada.
Y luego ya pasó.

Miedo del intento y de su fracaso.
Miedo de una sombra que se contonea.
Miedo, y más del miedo mismo.
Miedo, con todas sus dosis.

Miedo de no pensar.
De ser insensible.
De que todo pese e incluso me importe.

Miedo de tantos segundos.
Miedo de algunas maletas.
Del plástico de mis muñecas.
De ser tonta y saberlo.

Y después murió.
Y luego no.
Y después me fui.
Y después... ya perdí.

sábado, 23 de abril de 2011

Semana Santa II


No debería, sin embargo, hoy voy a suplantar estas horas de estudio para dedicarle un rato a la escritura que tengo tan abandonada.
Estos últimos días la monótona vida de mi pueblo se ha visto revolucionada por la devoción cristiana que puebla las calles. Semana Santa en España no perdona. Encapuchados anónimos caminan con paso estricto uno tras otro a la orden de su campana soberana. Encapuchados anónimos que saludan y publican su devota participación en las procesiones para que los vecinos vayan y les den agua de beber. Para que todos sepan que son buenos hijos de Dios el miércoles santo y como con las antiguas bulas, se les perdonen los desfases de sábado noche… Que la semana próxima volverán a cometer.
Jovencitas de negro visten sus más elegantes tacones, no vaya a ser que Jesús se enfade por anteponer la fe a la estética. Derraman lágrimas delante de una figura de vestir cuyo núcleo debe odiar el lujo que lo atavía. Núcleo de sangre y llaneza que no quiere ver mantos bordados en oro. Lágrimas de resina resbalaban en la pintura mientras ellos repetían el Padre Nuestro. ¡Yo sentí que Cristo lloraba por motivos tan repentinamente distintos a los que se cree…!
Padre Nuestro que estás en… alguna parte, si es que estás, deberías bajar a echar un vistazo al suplicio al que se someten unos cuantos. Pero no te lo tomes como algo personal, simplemente son exigencias de por aquí. Caminantes ciegos y descalzos sostienen la cera que se derrite en una senda de adoquines mojados. Si el baile supurara tus heridas, sé que volverían a abrirse con el cantar del tricornio y su bastón de mando y disciplina como en los años de las “Nanas de la Cebolla”.
Yo misma acudí prácticamente los tres días a contemplar el espectáculo. Cinco años después, sigo preguntándome el auténtico por qué de ello. No me gusta la religión, no soy creyente y estoy convencida de que se trata de una parafernalia homenajeando a un profeta que no predicó nada parecido a lo que hoy en día se nos exige creer. Para colmo, la banda del pueblo entona el himno nacional. Algunos tararean por dentro “lo-lo-lo-lo” y otros cantan “Viva España alzad los brazos hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir…” como bien orgulloso lo haría el caudillo en sus días. ¿En qué quedamos, España? ¿Más Antonios Machado muriendo de tristeza expulsados por una tierra que vomita sobre sus letras? ¿Por qué hacer a María y Jesús cómplices de tus vergüenzas? ¿Por qué permites que el canto de tres voces agrie el júbilo de quienes te alaban?
Resbala dorado el rosario de tus facetas, Jesús. En las manos de tu madre las esmeraldas en las que se enjugó el día de tu muerte, cuando regresó a su casa marfil tras enterrarte en un ataúd de madera pulida. Abundancia y desprecio de la mentira colectiva.
¿Alguien debe, en realidad, rogar por nosotros en la hora de nuestra muerte?