
Mejillas embebidas en lágrimas.
-Quiero estar sola.
Entonces se levantó y, perdiéndose en la neblina de las distancias, se disipó en pasos frustados.
Una luna llena intensa, blanca, falsa, la perturbaba en su caminata a la respuesta. No funcionó, dicen por ahí... Pero lo hizo. En realidad lo hizo. En los labios tatuados, en ecos salvajes de palabras ausentes, en kilómetros, en las calles, en... No, no funcionó.
Las memorias indelebles aferradas a sus uñas marchitas marcaban las doce del mediodía de una nostalgia impenetrable. Amazonas de sus sentidos.
La arena gruesa se colaba entre los bolsillos rebeldes de un cuerpo agotado. Rebeldes por los agujeros de sus memorias. Agotado por utopías eternamente inalcanzables.
Pensó que ahora caminaba sólo a donde quería ella. ¿Pero a dónde quería dirigirse? El mar, filosa superficie plateada, reflejaba un destino lejano nostálgico del pasado.
¡Cuántos kilómetros la separaban de aquellos días de circos y labios ansiosos!
Pero la verdad es que ahora podía ver con claridad que no estaban tan ansiosos como a ella le parecía.
Melancolía, amiga eterna sin memoria o con demasiada. Por fin había logrado deshacerse de vos, y volviste porque siempre te resultó un hogar increíblemente cómodo.
El aire se enfriaba al compás del alma. Casi hielo. Casi lágrima. Casi se sintió feliz.
Sin poder esperar algo que ya pasó. La gente no caminaba: movía los pies al compás de sus cuerpos inhertes.
Mi amor, ¡qué días los que te quise!
Mi amor, ¡qué días los que era capaz de reconocer que lo hacía!