sábado, 11 de abril de 2009

Esta mañana me desperté con los ojos más pequeños que nunca. El cuello agarrotado, los dientes chirriando y el pelo alborotado. Con las piernas encogidas ocupaba sólo un tercio de la cama.

No hubo luz. Hoy la persiana estaba bajada. Las sienes latían y delataban. Mis pupilas poco a poco fueron creciendo ante el encontronazo de lo onírico con la vida real. Lo malo fue darse cuenta, una vez más y como todos los días, que en esa vida real no había nada nuevo. Los muebles estáticos, el desorden igual de desordenado. La espera continuaba sentada en el zaguán de la paciencia.

Entonces miré el techo intentando calmar el dolor cervical. ¿Para qué levantarme si despierta o dormida nada cambia? Acostada sobre un colchón traicionero, cómplice de secretos. Allí me quedé.

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