jueves, 25 de noviembre de 2010

De su camisa de seda y de mis medias de algodón. No me molesta, a veces el amor hace esas cosas.
Su saliva me sabe a Ron y pan. La caricia de su lengua cosquillea en mis papilas. Pero no me molesta, a veces el amor hace esas cosas.
Un verde de tesoro agujerea mis pupilas embelesadas en un montón de dudas inertes, en los terrenos pasados del calor francés. Heladas venideras con palabras bien pronunciadas.
Un maní de mis dedos a su boca; el vaivén en las tripas, de ese que despierta los vedados espejismos. Y todos alrededor; y todos con la tele buscan un flequillo engominado. Pero yo sigo anhelando el verde de tesoro, que ahora se sienta a mi lado sin pensar en que mañana se acaba, como estoy pensando yo… Pero no me molesta, a veces el amor hace esas cosas.
Cada uno con lo suyo, y lo mío siempre lejos. Me encuentro habitual y cómoda en un kilómetro de carretera; me veo persona en una butaca con mascarillas escondidas. No pertenezco a las pizarras antiguas que no pintan, mi voz no rebota en el techo de aquél bar antiguo. Voy detrás de una caricia cruda y mentirosa. Soy permanente por los pasajes en mi billetera. De los que perecen y nos hacen recuperar algo de sensibilidad.
More fortnights w i t h o u t you, darling. Más días atada en mis sábanas limpias. Vacías de su melodía encadenada.
El verde de tesoro no se inmuta. El verde de tesoro masticó un te amo. Yo soy yo en esta servilleta anaranjada. Con el verde de tesoro. Te espero en argentino, manchado de andaluz y algo de francés. Un beso desarticulado que ahora me sabe a sal. Pero no me molesta, a veces el amor hace esas cosas.

martes, 17 de agosto de 2010

De tanto leer Rayuela.


De la congoja al agua.
De la congoja al mar.
La me-lan-co-lí-a cortazariana de todos nuestros Horacios internos.
La congoja de pena y muerte.
Y el mar. La torre afilada y en su punta un hierro sangrante de vidrio frágil.
La muerte de congoja y pena.
Lo que hay. Se trata de asfaltos resecos y pisoteados.
Pupilas fijas en pupilas.
Manos que arden. Tacto que quema.
Me siento atravesando un muro apretado entre huellas que dejó su aliento.
Calor derretido en una sacudida voraz.
Falaz el día. Día D. Día de mí.
Caramelo de agonía engarzado en cierto verde vestigio. Sólo alguna memoria derriba el muro apretado.
Del alma gotea una canción. Y el alma verde atormenta cuando el alma nueva reconoce que el alma vieja centellea.
Caminata derruída. En mi alacena hay cerales, gatos y un vacío.
El rayo explota.
Pena de muerte y congoja.
El mar horizonte índigo. Niña índiga trastornada por la u-to-pí-a . Según el diccionario, sinónimo de fábula y fantasía.

martes, 27 de julio de 2010




Y llegó París. Yo la intento escribir. Quiero volcar lo indescriptible en una cripta de sensaciones apelotonadas como un perfume caro. Y te fuiste Madrid, sin decir ni una palabra sentí que el Triunfo te achicaba convirtiéndote en una bolita de… nada. Y volvió París, desterrando todos los líquidos pegajosos que pegaban mis pies a un terraplén inmenso, denso. Una piedra lejana me mira y se ríe; una piedra desde la otra orilla que yo veo cada vez más difusa mientras despega una caricia en la boca mi estómago. “Esto va a ser algo grande” me gritaba una vocecita en el hombro. “Yo no veo nada” repliqué tozuda y cabezona como siempre. Como siempre resulté ser el perfecto exponente de mi ignorancia. “Esa tierra me cerró la mente, má” gritaba por teléfono con el corazón en un puño, con los ojos fuera de órbita, con el monumento al hierro dándome la bienvenida. “Yo me quedo acá, má, yo no me quiero ir.” Al ratito resulté tener a mis pies el agua que bañaba mis noches de sudor. Resultó que todo continuaba estático dibujando sobre mi piel el escalofrío que aullaba hacía años dentro de una cajita, muy pequeñita, la cual abrí y jamás pude volver a cerrar.
Al final allí estaban todas las respuestas que rasgaban mis ideas cuando me sentí vacía, llena de arena y sal. El problema nunca fueron los demás. Ni el lugar. Ni los deseos. El problema era yo, como una flor a la que arrancan de raíz con dientes afilados y la trasplantan a una maceta sola con tierra negra y sucia. Yo fui flor feliz. Ahora, la ventana tierra negra. Fui agua fresca. Ahora pala que entierra. Lo peor llega cuando la gente no te entiende. La verdad es que no quieren entender, porque si lo hiciesen se resignarían a reconocer que todos nosotros vivimos encerrados exactamente en lo que no queremos vivir; nos obligan a ello. En cambio yo llego y respiro la bruma mediterránea del pueblerino asfalto inexistente en mi calentador. Miro a la pared. Busco por la ventana. Ya no puedo dormirme con el destello del monumento reflejado en la oscuridad de las sábanas apretadas. Ni el bonjour de buenos días ni el bonsoir/bonne nuit pardon, je ne sais pas ce que je doit dire a cet heure…. Pero yo no me resigno. No me callo y camino y bajo la mirada y me aseguro de nunca volver a tener una idea despeinada. Yo levanto los ojos y digo “Má, yo no me quería ir.”
Yo levanto el corazón, mi alma en el alfiler de sus trescientos metros. Mi voz en las grietas de las gárgolas que cuelgan del rosace. Mi camino lejano a las muecas y a las pestañas condescendientes y engrasadas de los condenados que se resignan. Mis huellas en la guitarra pura bohemia de la butte inagotable. Mi yo. Mi allí. Yo. Sin más. París.

lunes, 19 de abril de 2010

Vida onírica

Amanece la mañana voraz y tentadora. Ruge sus colmillos sobre mi cuello, quien carnoso provoca los dientes del despertar. Siento deseos de sumergirme nuevamente en los sueños esponjosos de mi almohada anaranjada, sin el dolor ni el malestar de una realidad a f i l a d a, cercana. Desamparado el discurso de una noche se desvanece con la luz que se filtra por la cortina, y una vez más, vuelta a empezar.
Adormecidos mis párpados amenazan con una caída en picado. Entumecidos mis pies reaccionan con el suelo helado. Quiero permanecer bajo la protección de las sábanas, como mecenas de una existencia paralela que yo misma puedo colorear. Amago con acatar las órdenes ilegítimas de mis deseos; amago una recaída hasta el colchón que añora volver a abrazarme y arroparme.
Rememoro aquellos mundos que recorrí en la oscuridad invencible del cielo atezado, cuando no había estrellas que lo iluminaran y entonces la opacidad de un prolongado descanso imperaba sobre el pueblo sereno. Revivo los verdes perfumes de esos horizontes encontrados, expectantes y acosados por una aguja sagaz que dé en el blanco. Que hinque su puntita en la alarma vengadora, vengadora por la envidia de no poder ella también conocer un mundo así.
Y es que cada uno de nosotros contamos con ese mundo. Un estado de ingravidez y sentimos que flotamos sobre las escenas que proyecta nuestro sub-inconsciente. ¿Cómo explicar exactamente la sensación de nuestro cuerpo al soñar, cuando todo es cierto y mentira dentro de la subliminalidad cruda y ocurrente? Que se lo pregunten a mi mamá, hoy, mami, te nombro "Embajadora Onírica Oficial" (EOO). Es un cargo importante, que nadie se burle. Podés ser funcionaria, tal vez de... de ese universo infinito que visitás cada vez que, dormitando, me cantás una canción desde la cama o afligida me decís que tenés un bebé muy chiquitito, tan chiquitito que se te escurre entre tus manos blancas.
Y cuando por la mañana... ¡Por la mañana! Abrimos los ojos y el golpazo brusco del techo se clava en nuestras pupilas en un impacto violento de aire terrestre. Y ya no hay más pájaros de latón tornasolado que escriban en las paredes con chocolate derretido. Las imágenes en blanco y negro pasan apresuradas y sin sentido, hasta que se vuelven incomprensibles y nuestra mente despierta, de repente mundana, ya no las comprende. Nadie canta ni confiesa. Nadie engaña. Nadie... Vuelve a no haber nadie. Porque estamos despiertos y susceptibles como los aterciopelados pétalos que acariciamos un rato antes. Sabemos que hoy, en el mundo real, pueden arrancarnos, desangrarnos, partirnos y manosearnos como a ellos, y a la vez, lo podemos hacer nosotros también. Y eso pasa, nos convertimos en víctimas y victimarios de la humanidad sublime, esta vez, del mismo hombre que devora al hombre. Del mismo cuchillo que gasta su propio filo y endereza las rebeliones con un corte certero y ensangrentado. Buenos días.

sábado, 3 de abril de 2010

SEMANA SANTA

La misma sangre dulce empalaga nuestros adentros
los ruegos fugaces gritando al viento.
Suplicando la justicia que no nos fue aplicada
nos vemos encerrados en dos o tres miradas
salpicadas de venganza por delitos que no cometimos.

Como espesa negrura me escapo de los silencios.
Camino, sollozo, le niego al tiempo
que hace unos pocos años un beso salado
intentó mojar mis labios,
intentó quebrar el espacio.

Neblina blanca que escurre mi pena,
Cuaresma y Santidad miembros de una pelea.
Quienes no cumplen las penas huyendo del hastío
se emborrachan con sus propias espinas.
Se hincan en caminos baldíos.

Los tiernos mantos en oro se bañan,
callados por la culpa que salpica el dios.
El día del encierro llega
prepotente y desdeñado
cantando una saeta acerba.
¿Yo? Yo no busco perdón.

Imitando los pies retumbantes
vuestros pasos quebrando un adoquín,
la cera derrite alguna promesa:
“No nos entierres en nuestro propio serrín.”

La misma carne que con los hombros cargáis
desde alguna parte resquebraja su entierro.
Ahogado en amarga opulencia
añora los días del recato que predicó.

Callad, callad blasfemos beatos
desde un consejo de cercanía oteo
cuantas manos estrechadas con el negocio,
cuantos bastones de plata portáis.

En un atardecer alado
los colores se funden tímidos,
ninguna mítica premisa
se erige junto al horizonte.
Ningún indulto a la humanidad;
amenaza, todavía, la tempestad.

domingo, 7 de marzo de 2010

"¿Te hago un truco de magia?"

Me encantaría que juntos caminásemos sin hincarnos en la planta de los pies esas púas herrumbrosas. Sin que brote sangre espesa de nuestra carne por las pupilas fijas en el futuro. Sin que los segundos sean más rápidos que nuestros sentimientos. Pero lo son.
La amenaza certera nos ha fichado fuera de tiempo; demasiado esperó como para hacer la vista gorda. Como si un gigante no nos dejase pasar una puerta de realidad, uno de nosotros se cree ciego mientras que el otro ve incluso lo invisible.
"¿Qué tan atrás quedaron los dibujos y las poesías?" me pregunto apesadumbrada con la congoja en las cejas y la perspectiva por los pies. "¿Qué tan atrás desfalleció tu magia y se opacó nuestro júbilo?" Magia... Creí en vos hasta hace unos meses.
¿Y qué tan adelante nos espera la sorpresa o el final? ¿Cuánta música ha de ser creada para que las dos palabras sean invencibles o intangibles? Sé que la soledad no es el libro donde se esconden mis anheladas respuestas. Creo que sólo las encuentro entre piel y memoria. Nuestra piel. Mi memoria.
Sólo sé que no sé nada. Dudo de todo, menos de que dudo. Y esperé porqués etéreos de posibilidades inalcanzables, pero la llaga de un dolor resurgió infectada desde las profundidades de alguna parte. Alguna parte a la que desciendo en mi búsqueda incesante de ti mientras me rasgo algo más que las vestiduras con las espinas de una obra derruída que tal vez quiera aguantar con un palito de cartón, pero continúo en mi descenso agobiante hacia un final que no pretendo conocer. ¿Alguien puede demostrarme lo contrario?
Sólo quiero un principio en la mitad del transcurso. Un sorpresivo renacer.