jueves, 8 de marzo de 2012

25/02/12 - 19:07 - Estepona

Morena, una pena desollada y tosca. Vagabunda de mi acento y de mi pelo. Escarmienta tu culpa sobre mi camino sin querer hecho. Y un día, en el asilo y tumbada sobre una camilla, la pena confiesa que no quiso ser ella.
Nuestra hechura, pura y dura del golpe magnánimo, del surco entre cuerpo y mano, la hechura del día contento, va buscando entre costas un pegamento para su alma rota.
Y el beso... ¡Qué decir del beso! Que me acecha como una nube del norte, que aclama y exige tres yemas de mis dedos hundidas en su fango, en su estiércol. Pegoteadas por culpa de un entrecejo desnudo; arrancadas, sin huellas, sin nada.
Con mi aliento crudo atrapo un escudo y me escapo de las rimas vulgares e internas. Me afilo y contengo entre búsquedas de hiedra. El aliento oscurece y se apaga, y mi escudo... desaparece.
Todo huele a plástico. La llama lo acaricia y arde, boca abajo, aguarda un encanto que consiga naturalizarlo. Despegarlo de un agujero sonoro, el que alguna vez lo atrajo, cuando el plástico aún se sentía seda.
Golpe de madera, instante de piedra. Aire gélido y un par de pisadas agudas entre la gravedad de la gente. Entre el humo de su espigón me pierdo y ya no sé hacia dónde miro. Aguanto un abismo torcido.
Pena, abismo, hechura y beso... Mientras tanto, yo, los dejo.

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