Y llegó París. Yo la intento escribir. Quiero volcar lo indescriptible en una cripta de sensaciones apelotonadas como un perfume caro. Y te fuiste Madrid, sin decir ni una palabra sentí que el Triunfo te achicaba convirtiéndote en una bolita de… nada. Y volvió París, desterrando todos los líquidos pegajosos que pegaban mis pies a un terraplén inmenso, denso. Una piedra lejana me mira y se ríe; una piedra desde la otra orilla que yo veo cada vez más difusa mientras despega una caricia en la boca mi estómago. “Esto va a ser algo grande” me gritaba una vocecita en el hombro. “Yo no veo nada” repliqué tozuda y cabezona como siempre. Como siempre resulté ser el perfecto exponente de mi ignorancia. “Esa tierra me cerró la mente, má” gritaba por teléfono con el corazón en un puño, con los ojos fuera de órbita, con el monumento al hierro dándome la bienvenida. “Yo me quedo acá, má, yo no me quiero ir.” Al ratito resulté tener a mis pies el agua que bañaba mis noches de sudor. Resultó que todo continuaba estático dibujando sobre mi piel el escalofrío que aullaba hacía años dentro de una cajita, muy pequeñita, la cual abrí y jamás pude volver a cerrar.
Al final allí estaban todas las respuestas que rasgaban mis ideas cuando me sentí vacía, llena de arena y sal. El problema nunca fueron los demás. Ni el lugar. Ni los deseos. El problema era yo, como una flor a la que arrancan de raíz con dientes afilados y la trasplantan a una maceta sola con tierra negra y sucia. Yo fui flor feliz. Ahora, la ventana tierra negra. Fui agua fresca. Ahora pala que entierra. Lo peor llega cuando la gente no te entiende. La verdad es que no quieren entender, porque si lo hiciesen se resignarían a reconocer que todos nosotros vivimos encerrados exactamente en lo que no queremos vivir; nos obligan a ello. En cambio yo llego y respiro la bruma mediterránea del pueblerino asfalto inexistente en mi calentador. Miro a la pared. Busco por la ventana. Ya no puedo dormirme con el destello del monumento reflejado en la oscuridad de las sábanas apretadas. Ni el bonjour de buenos días ni el bonsoir/bonne nuit pardon, je ne sais pas ce que je doit dire a cet heure…. Pero yo no me resigno. No me callo y camino y bajo la mirada y me aseguro de nunca volver a tener una idea despeinada. Yo levanto los ojos y digo “Má, yo no me quería ir.”
Yo levanto el corazón, mi alma en el alfiler de sus trescientos metros. Mi voz en las grietas de las gárgolas que cuelgan del rosace. Mi camino lejano a las muecas y a las pestañas condescendientes y engrasadas de los condenados que se resignan. Mis huellas en la guitarra pura bohemia de la butte inagotable. Mi yo. Mi allí. Yo. Sin más. París.
alguna conexión habría entre el inconsciente universal y el útero cuando decidí que te llamarías "magdalena", quién en su versión franchute "madeleine", resultó ser la patrona de la ciudad luz. y así de llama su catedral: Eglise de la Madeleine (flipábamos cuando fuimos y la vimos tan majestuosa frente a la ôpera). también está el asunto de que la señora esposa de Cristo, que se llamaba como vos, fue a parar allí. así lo cuentan los evangeliosw apócrifos que de apócrifos no tienen nada, ya lo sabemos.
ResponderEliminary sobre el tema literario, estás como gardel: cada día mejor, poponi. se me agotan los besitos.