La amenaza certera nos ha fichado fuera de tiempo; demasiado esperó como para hacer la vista gorda. Como si un gigante no nos dejase pasar una puerta de realidad, uno de nosotros se cree ciego mientras que el otro ve incluso lo invisible.
"¿Qué tan atrás quedaron los dibujos y las poesías?" me pregunto apesadumbrada con la congoja en las cejas y la perspectiva por los pies. "¿Qué tan atrás desfalleció tu magia y se opacó nuestro júbilo?" Magia... Creí en vos hasta hace unos meses.
"¿Qué tan atrás quedaron los dibujos y las poesías?" me pregunto apesadumbrada con la congoja en las cejas y la perspectiva por los pies. "¿Qué tan atrás desfalleció tu magia y se opacó nuestro júbilo?" Magia... Creí en vos hasta hace unos meses.
¿Y qué tan adelante nos espera la sorpresa o el final? ¿Cuánta música ha de ser creada para que las dos palabras sean invencibles o intangibles? Sé que la soledad no es el libro donde se esconden mis anheladas respuestas. Creo que sólo las encuentro entre piel y memoria. Nuestra piel. Mi memoria.
Sólo sé que no sé nada. Dudo de todo, menos de que dudo. Y esperé porqués etéreos de posibilidades inalcanzables, pero la llaga de un dolor resurgió infectada desde las profundidades de alguna parte. Alguna parte a la que desciendo en mi búsqueda incesante de ti mientras me rasgo algo más que las vestiduras con las espinas de una obra derruída que tal vez quiera aguantar con un palito de cartón, pero continúo en mi descenso agobiante hacia un final que no pretendo conocer. ¿Alguien puede demostrarme lo contrario?
Sólo quiero un principio en la mitad del transcurso. Un sorpresivo renacer.
