sábado, 30 de abril de 2011

06-08-2010 // 17:43 p.m. // Estepona

"El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror."

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Miedo.
Miedo de quererlo todo.
Miedo de no querer nada.
Miedo de querer demasiado.
O demasiado poco.
Porque demasiado es mucho para alguien como yo.

Miedo de pasar de tanto, a escasear.
Miedo de querer dos.
De no querer ninguno.
Miedo de olvidar mientras me recuerden.
Miedo de rememorar lo que otros arrinconan.
Miedo de un despiste en mi memoria.

Y luego sola.
Y luego atrás.
Y luego ya no.

Miedo de escupir.
Miedo al desahogo de nuestras entrañas.
Al de las mías.

Miedo al abrazo de una almohada.
Miedo de tu pelo con trenzas.
Del blues que un día fue.
Miedo de mis pasos.

Y luego me escondo,
y luego kilómetros,
y luego no estoy.

Miedo de que la tinta no se vuelque.
Miedo de que tus dedos mientan.
De que luego no seas.
De que haya ceros y escudos.

Miedo del tiempo.
De su zarpa y empuje y distancia.
Miedo de sumergirme en la marea.
Negra. Espesa. Hueca.
De no poder salir.

Miedo de unos pocos días.
Miedo del mes y del y medio.
Miedo de esconderme y no encontrarme.
Miedo de que una apariencia sea tímidamente gigante.
De tu recelo permanente.
O de que la inquietud sea sólo mía.

Y luego qué.
Y después nada.
Y luego ya pasó.

Miedo del intento y de su fracaso.
Miedo de una sombra que se contonea.
Miedo, y más del miedo mismo.
Miedo, con todas sus dosis.

Miedo de no pensar.
De ser insensible.
De que todo pese e incluso me importe.

Miedo de tantos segundos.
Miedo de algunas maletas.
Del plástico de mis muñecas.
De ser tonta y saberlo.

Y después murió.
Y luego no.
Y después me fui.
Y después... ya perdí.

sábado, 23 de abril de 2011

Semana Santa II


No debería, sin embargo, hoy voy a suplantar estas horas de estudio para dedicarle un rato a la escritura que tengo tan abandonada.
Estos últimos días la monótona vida de mi pueblo se ha visto revolucionada por la devoción cristiana que puebla las calles. Semana Santa en España no perdona. Encapuchados anónimos caminan con paso estricto uno tras otro a la orden de su campana soberana. Encapuchados anónimos que saludan y publican su devota participación en las procesiones para que los vecinos vayan y les den agua de beber. Para que todos sepan que son buenos hijos de Dios el miércoles santo y como con las antiguas bulas, se les perdonen los desfases de sábado noche… Que la semana próxima volverán a cometer.
Jovencitas de negro visten sus más elegantes tacones, no vaya a ser que Jesús se enfade por anteponer la fe a la estética. Derraman lágrimas delante de una figura de vestir cuyo núcleo debe odiar el lujo que lo atavía. Núcleo de sangre y llaneza que no quiere ver mantos bordados en oro. Lágrimas de resina resbalaban en la pintura mientras ellos repetían el Padre Nuestro. ¡Yo sentí que Cristo lloraba por motivos tan repentinamente distintos a los que se cree…!
Padre Nuestro que estás en… alguna parte, si es que estás, deberías bajar a echar un vistazo al suplicio al que se someten unos cuantos. Pero no te lo tomes como algo personal, simplemente son exigencias de por aquí. Caminantes ciegos y descalzos sostienen la cera que se derrite en una senda de adoquines mojados. Si el baile supurara tus heridas, sé que volverían a abrirse con el cantar del tricornio y su bastón de mando y disciplina como en los años de las “Nanas de la Cebolla”.
Yo misma acudí prácticamente los tres días a contemplar el espectáculo. Cinco años después, sigo preguntándome el auténtico por qué de ello. No me gusta la religión, no soy creyente y estoy convencida de que se trata de una parafernalia homenajeando a un profeta que no predicó nada parecido a lo que hoy en día se nos exige creer. Para colmo, la banda del pueblo entona el himno nacional. Algunos tararean por dentro “lo-lo-lo-lo” y otros cantan “Viva España alzad los brazos hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir…” como bien orgulloso lo haría el caudillo en sus días. ¿En qué quedamos, España? ¿Más Antonios Machado muriendo de tristeza expulsados por una tierra que vomita sobre sus letras? ¿Por qué hacer a María y Jesús cómplices de tus vergüenzas? ¿Por qué permites que el canto de tres voces agrie el júbilo de quienes te alaban?
Resbala dorado el rosario de tus facetas, Jesús. En las manos de tu madre las esmeraldas en las que se enjugó el día de tu muerte, cuando regresó a su casa marfil tras enterrarte en un ataúd de madera pulida. Abundancia y desprecio de la mentira colectiva.
¿Alguien debe, en realidad, rogar por nosotros en la hora de nuestra muerte?

viernes, 24 de diciembre de 2010

A veces el cine no es sólo ciencia ficción.

Hace aproximadamente una semana mi madre y yo nos decidimos a pasar una lluviosa tarde dominical viendo una película. Me convenció de probar con “V de Vendetta”, título que yo había escuchado mencionar no pocas veces; no obstante, todavía no la había visto. Ante su entusiasmo, acepté sin cavilaciones y apreté el “play” en la pantalla de dicha película. (Sí, lo siento, en esta casa estamos abiertamente a favor de las páginas para ver películas online gratuitamente.)

A partir de ese momento me fui sumergiendo poco a poco en unas escenas que me resultaban extrañamente familiares. Aún no lograba discernir el por qué. Tan solo me embebía de un mensaje sinónimo de la concientización. Observaba gente con máscaras, sus rasgos escondidos detrás de una misma capa de plástico y sin embargo, todos me resultaban igualmente familiares.

El mandamás era un hombre a quien sus súbditos sólo conocían a través de las cámaras, solemne y maligno como hace falta ser para manipular y subyugar a toda una masa de mentes libres que habían olvidado cómo pensar. Que ya no cuestionaban. Se limitaban a vivir.
Procuraré no seguir comentando mucho más acerca de la película, pues no es el cometido de este texto sino más bien el desencadenante…

Resultó ser, finalmente, que al acabar la película me dolían las ideas. Qué expresión más particular… ¿Cómo se logra que a alguien le duelan las ideas? Pues simplemente inyectándole una dosis de realidad, con una aguja bien gorda de estas que recuerdas cada vez que vas a sentarte. Alguien había conseguido meterse en el salón de mi casa, en la pantalla de mi ordenador, en mis propias pupilas y neuronas para suplicarme que abriese los ojos. Mi estado de perplejidad aumentaba cada minuto que reflexionaba más y más sobre aquél concepto que acababan de transferirme. ¡Y yo que creía que ya lo tenía bien asimilado…! Pobre ingenua de mí…

Se estarán ustedes preguntando cuál es esa información que me había penetrado tan profundamente. Tiempo al tiempo. Todo tiene su explicación.
Procuré entonces reflexionar un poco más detenidamente sobre el reciente escándalo de Wikileaks, entendiendo a partir de ese momento por qué se habían organizado tantísimas manifestaciones a nivel mundial para defender a un hombre que logró violar el sistema de seguridad del país (lamentablemente) más poderoso del mundo entero. Entendiendo por qué los manifestantes habían decidido todos ponerse la máscara de ese nuevo personaje que taladraba ahora mi concepción de libertad: V.

A medida que los días van pasando, me dedico a buscar inconscientemente más similitudes entre la sociedad ficticia que recrea V de Vendetta y aquella en la que yo vivo en la realidad. Puede que algo aterrada, rendida, ¿preocupada, tal vez? Lo cierto es que, alimentando mis miedos, no resulta nada difícil encontrar dichas semejanzas entre un mundo y el otro. Para regocijo de mi inquietud espiritual, hace escasos dos días mi madre llegó del trabajo más indignada de lo habitual. Procedió a contarme que esa cadena que a nosotras tanto nos entretiene, la que emite los únicos programas de calidad existentes actualmente en el cuarto poder, esa sintonía que refleja de forma verídica la situación que anega las calles del país donde vivimos, esa misma, dejará de existir en poco más de una semana. ¿Y cómo, cuándo, por qué? Fueron las únicas palabras que se hincaban en mis ideas, ahora, lastimadas. Como era de esperar, no se trata más que de otra transacción compra-venta de una adquisición, un producto que sólo mueve cifras para esos señores sentados en traje y corbata en un despacho gigante, dominando el mundo. Sólo somos ganado…

La consecuencia de este acontecimiento es ni más ni menos la carencia de dos canales informativos e independientes. Curioso (y hay quien aún así sostiene que las casualidades existen) ya que son precisamente los dos canales que presentaban una mirada crítica a las situaciones con las que nos hemos acostumbrado a convivir. Es por eso que ya no nos damos cuenta de cuán cruciales son. Dejan de existir las únicas dos emisoras que no mencionaban ni una sola vez en su programación nombres como “Belén Esteban” o “la Duquesa de Alba”. Estos mismos eran reemplazados por “hambre”, “miedo”, “injusticia”, “corrupción”, “mundo exterior”… ¿Hace falta que continúe?

CNN+ y Cuatro van a ser suplantados por una programación indudablemente superior intelectual y educativamente, tal como lo es la vida del hombre que es galardonado por matar tres toros y su mujer que lo ha dejado para casarse con el nuevo niñato de moda.
Se despierta en mí una duda. ¿Es acaso terrible la manipulación de los medios de comunicación para conseguir que nos convirtamos en una masa no pensante? ¿O es más terrible todavía que nosotros mismos, el pueblo (no) consciente de que está siendo sometido al maquillaje incuestionable capitaneado por dos o tres dueños de nuestra concepción de realidad, seamos incapaces de tener una reacción influyente y determinante ante esta situación?

Afirmo ahora que las similitudes entre la sociedad de V de Vendetta y la nuestra son más que innegables. Y lo afirmo asustada. Preocupada por sentirme durante algunos minutos un oráculo capaz de predecir sin dificultad ninguna el futuro que nos depara de seguir así. Así, de brazos cruzados. Así, ignorando e incluso aceptando el hecho de que no somos libres. Simplemente, porque no sería compatible con el gran sistema que rige el mundo. Simplemente, porque no nos dejan serlo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

De su camisa de seda y de mis medias de algodón. No me molesta, a veces el amor hace esas cosas.
Su saliva me sabe a Ron y pan. La caricia de su lengua cosquillea en mis papilas. Pero no me molesta, a veces el amor hace esas cosas.
Un verde de tesoro agujerea mis pupilas embelesadas en un montón de dudas inertes, en los terrenos pasados del calor francés. Heladas venideras con palabras bien pronunciadas.
Un maní de mis dedos a su boca; el vaivén en las tripas, de ese que despierta los vedados espejismos. Y todos alrededor; y todos con la tele buscan un flequillo engominado. Pero yo sigo anhelando el verde de tesoro, que ahora se sienta a mi lado sin pensar en que mañana se acaba, como estoy pensando yo… Pero no me molesta, a veces el amor hace esas cosas.
Cada uno con lo suyo, y lo mío siempre lejos. Me encuentro habitual y cómoda en un kilómetro de carretera; me veo persona en una butaca con mascarillas escondidas. No pertenezco a las pizarras antiguas que no pintan, mi voz no rebota en el techo de aquél bar antiguo. Voy detrás de una caricia cruda y mentirosa. Soy permanente por los pasajes en mi billetera. De los que perecen y nos hacen recuperar algo de sensibilidad.
More fortnights w i t h o u t you, darling. Más días atada en mis sábanas limpias. Vacías de su melodía encadenada.
El verde de tesoro no se inmuta. El verde de tesoro masticó un te amo. Yo soy yo en esta servilleta anaranjada. Con el verde de tesoro. Te espero en argentino, manchado de andaluz y algo de francés. Un beso desarticulado que ahora me sabe a sal. Pero no me molesta, a veces el amor hace esas cosas.

martes, 17 de agosto de 2010

De tanto leer Rayuela.


De la congoja al agua.
De la congoja al mar.
La me-lan-co-lí-a cortazariana de todos nuestros Horacios internos.
La congoja de pena y muerte.
Y el mar. La torre afilada y en su punta un hierro sangrante de vidrio frágil.
La muerte de congoja y pena.
Lo que hay. Se trata de asfaltos resecos y pisoteados.
Pupilas fijas en pupilas.
Manos que arden. Tacto que quema.
Me siento atravesando un muro apretado entre huellas que dejó su aliento.
Calor derretido en una sacudida voraz.
Falaz el día. Día D. Día de mí.
Caramelo de agonía engarzado en cierto verde vestigio. Sólo alguna memoria derriba el muro apretado.
Del alma gotea una canción. Y el alma verde atormenta cuando el alma nueva reconoce que el alma vieja centellea.
Caminata derruída. En mi alacena hay cerales, gatos y un vacío.
El rayo explota.
Pena de muerte y congoja.
El mar horizonte índigo. Niña índiga trastornada por la u-to-pí-a . Según el diccionario, sinónimo de fábula y fantasía.

martes, 27 de julio de 2010




Y llegó París. Yo la intento escribir. Quiero volcar lo indescriptible en una cripta de sensaciones apelotonadas como un perfume caro. Y te fuiste Madrid, sin decir ni una palabra sentí que el Triunfo te achicaba convirtiéndote en una bolita de… nada. Y volvió París, desterrando todos los líquidos pegajosos que pegaban mis pies a un terraplén inmenso, denso. Una piedra lejana me mira y se ríe; una piedra desde la otra orilla que yo veo cada vez más difusa mientras despega una caricia en la boca mi estómago. “Esto va a ser algo grande” me gritaba una vocecita en el hombro. “Yo no veo nada” repliqué tozuda y cabezona como siempre. Como siempre resulté ser el perfecto exponente de mi ignorancia. “Esa tierra me cerró la mente, má” gritaba por teléfono con el corazón en un puño, con los ojos fuera de órbita, con el monumento al hierro dándome la bienvenida. “Yo me quedo acá, má, yo no me quiero ir.” Al ratito resulté tener a mis pies el agua que bañaba mis noches de sudor. Resultó que todo continuaba estático dibujando sobre mi piel el escalofrío que aullaba hacía años dentro de una cajita, muy pequeñita, la cual abrí y jamás pude volver a cerrar.
Al final allí estaban todas las respuestas que rasgaban mis ideas cuando me sentí vacía, llena de arena y sal. El problema nunca fueron los demás. Ni el lugar. Ni los deseos. El problema era yo, como una flor a la que arrancan de raíz con dientes afilados y la trasplantan a una maceta sola con tierra negra y sucia. Yo fui flor feliz. Ahora, la ventana tierra negra. Fui agua fresca. Ahora pala que entierra. Lo peor llega cuando la gente no te entiende. La verdad es que no quieren entender, porque si lo hiciesen se resignarían a reconocer que todos nosotros vivimos encerrados exactamente en lo que no queremos vivir; nos obligan a ello. En cambio yo llego y respiro la bruma mediterránea del pueblerino asfalto inexistente en mi calentador. Miro a la pared. Busco por la ventana. Ya no puedo dormirme con el destello del monumento reflejado en la oscuridad de las sábanas apretadas. Ni el bonjour de buenos días ni el bonsoir/bonne nuit pardon, je ne sais pas ce que je doit dire a cet heure…. Pero yo no me resigno. No me callo y camino y bajo la mirada y me aseguro de nunca volver a tener una idea despeinada. Yo levanto los ojos y digo “Má, yo no me quería ir.”
Yo levanto el corazón, mi alma en el alfiler de sus trescientos metros. Mi voz en las grietas de las gárgolas que cuelgan del rosace. Mi camino lejano a las muecas y a las pestañas condescendientes y engrasadas de los condenados que se resignan. Mis huellas en la guitarra pura bohemia de la butte inagotable. Mi yo. Mi allí. Yo. Sin más. París.