lunes, 23 de noviembre de 2009

Parodia amistosa al invierno.



Hoy inevitablemente toca. Ya por la mañana el pelo mojado provoca que el vello de mis brazos se erice mientras que un escalofrío helado me sopla despacito en la nuca. Me doy cuenta de que tengo frío y de que esa sensación pega más fuerte que el estremecimiento engendrado por la canción que suena en mis oídos.
Bueno. Al mediodía todo parece ser cálido otra vez. La chaqueta de algodón -finita y desteñida- cuelga de mi mochila arrastrada por la fatiga de una cuesta irrevocable... Pero entonces llego a casa, y ya sin cuesta ni mochila, el cuerpo no me pesa y es entonces cuando, otra maldita vez, exhala en mis adentros el escalofrío matutino -ya vespertino, crepuscular, naciente-.
Al comienzo de mi día abro las puertas del armario y me debato entre la más desagradable disputa que se levanta entre la ropa: Ahí la veo, calladita, se ríe de modo un poco cruel. Sabe que tarde o temprano me va a ganar, y voy a tener que descolgarla, cortarle la etiqueta y entonces (aunque no quiera) usarla. Sí, la CAMPERA -o sea "chaquetón", lectores ibéricos- me llama. Sus botoncitos marrones señalan la ventana y observo a través de ella que no hay sol, no hay playa, no hay sandalias, no hay... ¡¡El invierno se lo come todo!!
¿Acaso soy el único ser viviente al que le afecta sobremanera el cambio natural de estaciones?Creo que el calentamiento global y yo podremos ser grandes amigos (el Protocolo de Kioto no es más que hipocresía política, nadie lo cumple). De hecho, mi nuevo aliado ya me proporcionó sequía hasta bien adentrado el mes de noviembre. ¿No es eso algo de agradecer para alguien como yo? Aplazo así el cambio metabólico y anímico que supone tener que abrigarse.
Bah... ¿A quién voy a engañar? Si ahí las veo, a sus garras, su sarna, su risa malévola se infiltran entre mis sábanas haciéndolas finas e insuficientes, y entonces abro el baúl y extraigo de él un elemento un poco inflado y muy calentito: el acolchado -leyente hispano lo siento, hago referencia al edredón-.
Ahora me voy, porque el invierno me llama a la calle y los botoncitos marrones gritan que este es por fin el momento de estrenarlos. No importa, el orgullo se refortalecerá dentro de unos meses... ¡Hay que ver cómo se burlan!

3 comentarios:

  1. alguien comentó!!! alguien lo leyó!!! QUÉ INCREÍBLE!! GRACIAS PAPI!!!

    ResponderEliminar
  2. ¡Magui eres muy buena! A mí también me gusta mucho escribir, pero bueno, todavía no tengo nada que me parezca lo suficientemente atractivo para darlo a conocer... Voy a repasarme al dedito tu blog, ¿vale? Ánimo con esto, que eres buena tía.
    Mil besitos :)

    ResponderEliminar