
Animales
no saben la cruz que esconde el oro,
astillas de la madera
que perfora la mente de miles,
que potencia la estima
a un pobre conformismo
revestido en años de vejación.
Mientras el bordado de una mirada
construye ante ojos fieles
un velo denso e impenetrable
tras el cemento de ruinas,
esculturas sin pupilas
quemadas por el fuego de esa voz.
No somos ante nadie,
puesto que Nadie sabe
que Él es una amarga invención
de aquél ocaso en el que gritaban
muerte al hereje
quien sólo pretendió
un poco de cerebro
entre tanta ambición.
Campanas doradas sumidas en
la fumata que abarca,
desgarra,
amaña cámaras de crepúsculo,
mientras tanto
busca cómo acabar con el circo.
Habemus Mortem
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